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Especialmente invitado al reciente Encuentro Internacional de Escritores de Monterrey, oportunidad que fue aprovechada para presentar allí y en México DF tanto sus libros “Poesía junta”, antología 1952-2005 con prólogo de Juan Gelman (Alforja, México), o “La voz sin amo”, con prólogo de Héctor Tizón (Ediciones de Medianoche, Zacatecas), como su versión de “Poesía en general”, del brasileño Ledo Ivo (Alforja, México), el reconocido poeta, traductor y ensayista argentino Rodolfo Alonso fue entrevistado por un escritor mexicano.
DIÁLOGO CON RODOLFO ALONSO
por Abraham Vázquez Sauceda
AVS: El pacto fundamental de la poesía era que el poeta hablaba y el pueblo escuchaba. Al leer, ambos mundos se encontraban. Pero ahora parece que últimamente este pacto se encuentra roto por el ruido (el mundo es cada vez más ruidoso), el avance de la tecnología y la costumbre a las comodidades; ahora el poeta habla y nadie parece escucharlo o querer escuchar. ¿Es la senda del poeta la soledad? ¿le atormenta al poeta cantar en tierra de sordos? RA: Por un lado no estoy seguro de que haya habido tan sólo dos protagonistas: el lenguaje es por lo menos otro, con vida propia. Y aunque nos quedemos con aquel par no me los imagino siempre con papeles tan diferenciados: el poeta sujeto, y el pueblo objeto. De hecho, me parece que todas las literaturas han comenzado de forma oral –es decir popular-- e, incluso algunas de las más grandes no tuvieron escritura (pensemos sólo en Homero), Y en esos comienzos orales creo que la poesía surgió directamente de la comunidad o, por lo menos, que los supuestos poetas no se sentían tan distanciados de su gente, no se sentían profesionales. Y si nos vamos un poco más atrás, donde yo creo que comienzan estas cosas, porque comienza toda la cultura humana, alrededor de la hoguera de los hombres primitivos, alrededor del fuego de la especie, sin duda surgían al mismo tiempo el lenguaje y la expresividad, la imaginación y el canto. Por supuesto que luego a lo largo de siglos hay una historia de la poesía, que se va diferenciando, pero nunca en una especificidad encapsulada, sino ambigua e irradiante, al mismo tiempo individual e ineludiblemente social. Como lo es el mismo lenguaje humano. De aquella oralidad primitiva surgió también la canción, el canto, es decir que la poesía incluía, era música, la música de su decir verbal, oral, y la música de su propia musicalidad. Hasta que con la aparición de la escritura y, mucho más tarde, de la imprenta, esto se modificó. Con cada progreso digamos técnico algo se gana y algo se pierde. La poesía escrita perdió la sonoridad de su decir verbal, y ganó otros dominios, que duraron casi hasta fines de la segunda guerra mundial. Porque allí comienza a instalarse sobre el planeta la sociedad de consumo y, luego, a través de los grandes medios tecnológicos audiovisuales, se le encima la bien llamada sociedad del espectáculo, en cuyos dominios ya estamos casi totalmente inmersos. Y conocemos sus efectos deletéreos sobre la gran cultura y sobre la propia cultura legítimamente popular. Lo que antes surgía espontáneamente desde abajo hoy es producido demagógicamente por la industria cultural dominante. Y de tal modo que, después de miles y miles de años de civilizaciones humanas centradas en el lenguaje, hoy podemos preguntarnos si no hemos vivido una mutación, donde el lenguaje ya no es el centro. Y si ya no lo es y además, como mucho me temo, es el lenguaje mismo el que está siendo afectado, ¿qué gran poesía culta o que gran poesía popular puede aparecérsenos?
AVS: Son tiempos en que la tecnología, invade más los espacios internos y cotidianos de la humanidad, las palabras (en los discursos políticos) se vuelven más imprecisas y la gente le huye al contacto directo del otro. ¿Puede la poesía hacer algo para subvertir estas barreras? ¿Lo ha hecho antes? RA: La gran poesía, la poesía lograda, que no me parece otra cosa que el mismo lenguaje humano en su sentido más alto, lo puede todo y no puede al mismo tiempo nada. Puede seguir haciéndose “negación de la iniquidad”, como bien dijo Baudelaire o igualmente, a la vez, ser simplemente como la flor del hombre, que se ofrece en sí misma, de por sí, como las otras flores son producidas por árboles y plantas, sin propósito o finalidad determinada más que ese mismo ofrecerse y existir. En estos asuntos, y no tan sólo para no desesperar, me he descubierto coincidiendo con el recoleto y hondo poeta brasileño Dante Milano, que supo decir: “La misión del poeta no es la de inventar una nueva poesía, sino la de no dejar que la poesía muera.”
AVS: ¿Qué vitalidad agrega la sexualidad (tema del Encuentro en Monterrey) con su poesía? RA: La sexualidad forma parte ineludible de nosotros y, al mismo tiempo, es a la vez fuente y dimensión. Pero también está siendo degradada por la sociedad de consumo, que la ha convertido en un producto más ofrecido en el mercado. Como todas las grandes experiencias de cualquier vida humana, para ser fecunda debe ser un descubrimiento personal, no algo que nos programan desde afuera. Y es nada menos que Sigmund Freud, tan atacado en su tiempo por muchos timoratos, quien parece haber visto la cosa con absoluta claridad cuando dijo: “El monte de Venus no es el monte Everest”. Y quisiera hacer notar, intuyo, que todo otro dominio de la sexualidad ha sido como escamoteado: ¿no es cierto que ya no parece haber poemas de amor, canciones de amor? ¿O será que el amor mismo se ha vuelto subversivo?
AVS: Por ahí solía decirse hace años, que el sexo era una categoría política (hay un poema del salvadoreño Roque Dalton al respecto), pero también recuerdo a Octavio Paz que decía “amar es combatir”. ¿Qué posibilidades hay de que podamos hablar del sexo como una categoría poética y de la poesía como una categoría política? RA: No sé si se nota, pero le tengo terror a las grandes palabras, a las generalizaciones. Todas las posibilidades están en nuestros deseos. Pero insisto, sólo en los nuestros, no en los deseos que nos quieren imponer casi en forma subliminal. No dejo de emocionarme cuando recuerdo que, allá en tiempos de los grandes surrealistas franceses, el mayor elogio para uno de sus mejores poetas fue afirmar que “después de Éluard, no es posible amar como antes de Éluard”.
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